Durante las últimas semanas participé en el programa Birthright Armenia y me uní a las visitas médicas móviles junto con médicos de la Fundación VIVA. Aunque conozco Armenia desde hace mucho tiempo y solía visitarla cada verano, esta experiencia me ofreció una perspectiva completamente nueva: ver el país desde otro rol y con otros ojos.
Viajamos a pueblos fronterizos donde el acceso a la atención médica es limitado: a veces solo hay una enfermera y, en algunos casos, un solo médico atiende a varios pueblos. Mi función era registrar a los pacientes y guiarlos hacia los especialistas adecuados. Puede parecer algo sencillo, pero cuando ves a personas esperando durante meses para recibir atención médica, queda claro lo significativas que pueden ser incluso las acciones más pequeñas.
Lo que más me impactó fueron las personas que conocimos. Muchas de ellas eran refugiadas — habían pasado por situaciones difíciles, pero aun así se mostraban amables, abiertas y acogedoras. Pequeños gestos — una sonrisa, un sincero “gracias” o una invitación a tomar té — permanecieron conmigo mucho tiempo después de las visitas. El contraste entre la vida en Ereván y en estos pueblos fue muy marcado y me ayudó a comprender mejor la diversidad del país.
Otra parte inolvidable del programa fue conocer a participantes de la diáspora armenia — jóvenes de Estados Unidos, Canadá, Francia, Australia, Siria y otros países. Fue fascinante ver cómo su crianza y su cultura influyen en la manera en que ven Armenia, en sus hábitos y en su conexión con sus raíces. Las conversaciones con ellos me dieron una nueva perspectiva y me recordaron cuánto influye el entorno en una persona.
Para mí, Birthright Armenia fue una experiencia significativa y práctica. Me mostró cuánto importan incluso las pequeñas contribuciones y la atención hacia las personas. Estoy muy agradecida al programa y a la Fundación VIVA por la oportunidad de contribuir y de conocer tantas historias diversas e inspiradoras.